Estudios e investigaciones
DOI: 10.11600/rlcsnj.23.2.6538
Crianza violenta sufrida y su reproducción hacia hijos e hijas*
Experiences of violent child rearing and its reproduction with children
Parentalidade violenta e sua reprodução para filhos e filhas
Daniel Alejandro Meza-Galván1 0009-0005-9894-1646
Christian Enrique Cruz-Torres Mg.2 0000-0002-4286-4697
1 Universidad de Guanajuato, México. Licenciado en Psicología, Universidad de
Guanajuato. 0009-0005-9894-1646. H5: 0.
Correo electrónico: da.mezagalvan@ugto.mx
2 Universidad de
Guanajuato, México. Licenciado en Psicología Social, Universidad Autónoma Metropolitana.
Doctor en Psicología, Universidad Nacional Autónoma de México. 0000-0002-4286-4697. H5: 8. Correo electrónico: christian.cruz@ugto.mx
Recibido: 21.03.2024 Aceptado: 29.04.2024 Publicado: 22.04.2025
Resumen
En este estudio participaron 180 madres y 32 padres, con hijos
entre 2 y 17 años en una encuesta transversal. Mediante regresiones logísticas
binarias, se analizaron las formas de violencia sufrida en la crianza como
predictoras de la violencia ejercida hacia sus hijos. Se analizaron además los
efectos de haber recibido apoyo psicológico, la calidad de la relación de
pareja, la autoestima y la estructura familiar, esperando que estas variables
pudieran disminuir la crianza violenta. Los resultados muestran que las
diferentes formas de violencia sufrida durante la crianza incrementan el
ejercicio de esas formas específicas de violencia hacia hijos e hijas, sin
efectos significativos de la autoestima de los padres ni de haber recibido
apoyo psicológico.
Palabras clave: Crianza
del niño; violencia infantil; maltrato infantil. Tesauro de Ciencias Sociales de la Unesco.
Abstract
This study involved conducting a cross-sectional survey with the
participation of 180 mothers and 32 fathers who are parents of children aged 2
to 17 years. Using binary logistic regression, violent child rearing practices
experienced by parents when they were children themselves were analyzed as
predictors of being violent with their own children. The effects of having
received psychological support, the quality of a couple's relationship, levels
of self-esteem and family structures were also analyzed by the authors with the
hope that these variables might reduce violent parenting practices. The results
of the study show that the different forms of violence experienced when they
were children increase the probability that the parents will use these specific
forms of violence against their own children. There was no evidence that higher
levels of self-esteem among parents or having received psychological support
have an impact on the reproduction of this violence.
Keywords: Child rearing; child
violence; child abuse.
Resumo:
Este estudo envolveu 180 mães e 32 pais com filhos de 2 a 17 anos,
que participaram de uma enquete transversal. Utilizando regressão logística
binária, as formas de violência vivenciadas durante a criação foram analisadas
como preditores de violência contra os filhos. Também foram analisados os
efeitos do recebimento de apoio psicológico, a qualidade do relacionamento do
casal, a autoestima e a estrutura familiar, na esperança de que essas variáveis
possam reduzir a parentalidade violenta. Os resultados mostram que as
diferentes formas de violência vivenciadas durante a criação aumentam o
exercício dessas formas específicas de violência contra filhos e filhas, sem
efeitos significativos na autoestima dos pais ou no recebimento de apoio
psicológico.
Palavras-chave: Interação
social, desenhos, escrita, capacidade numérica.
Introducción
El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (2022) asegura que uno de cada tres
niños y niñas padecen prácticas violentas de crianza. La Encuesta Nacional de
niños, niñas y mujeres de México (Instituto Nacional de Salud Pública &
Unicef México, 2016) mostró que un 63% de los niños y niñas de 1 a 14 años recibieron al menos
una forma de castigo físico o psicológico en su hogar un mes anterior a la encuesta.
Aproximadamente 53% fueron agredidos psicológicamente y 44% físicamente. Un 6%
fue expuesto a un castigo físico severo, como golpes en la cabeza, orejas o cara, o golpearlo
con fuerza con objetos y repetidamente. Los niños (45%) son más sometidos a la
violencia física como método de disciplina que las niñas (42%) y
reportan, además, castigos físicos severos con más frecuencia (7%) que las niñas (5%).
Los porcentajes más grandes de disciplina violenta se encuentran en la región
centro de México (70%). Los niños, niñas y adolescentes están vulnerables ante
la violencia a lo largo de su vida (Álvarez & Castillo, 2019).
Lamentablemente, en México estos casos de violencia son poco denunciados debido
a la estigmatización, normalización y poco conocimiento sobre sus derechos
humanos (Álvarez & Castillo, 2019). Lo anterior indica un problema para la
salud pública de niños, niñas y adolescentes, debido en parte a que estas prácticas
violentas con frecuencia son socialmente aceptadas cómo válidas (Acevedo, 2010;
Garcés & Eugenio, 2020).
De acuerdo con
Aguirre et al. (2006), en el
proceso de crianza se destacan tres componentes principales: la práctica (refiriéndose a las acciones realizadas por los padres), la pauta (que se refiere a las
normas sociales que regulan la
conducta) y las creencias (que refieren a la justificación de
acciones). El castigo infantil violento es una práctica dentro de la crianza que se encuentra aceptada por la sociedad como parte de una cultura
de educación y formación del menor, bajo el argumento de que fortalece el carácter y se desarrolla una mejor resistencia
ante un mundo violento.
El maltrato
infantil, además del maltrato físico, se
presenta como negligencia, descuido, falta de afecto y violencia psicológica
(Acevedo et al., 2018).
Acevedo (2010) identifica 18 prácticas
de crianza violenta comunes en México. Estas pueden ser físicas (como las cachetadas, coscorrones, pellizcos, nalgadas,
patadas, jalones de pelo, golpes en la cabeza o con algún objeto) o
psicológicas (como los insultos, gritos, amenazas, comparaciones, humillaciones
públicas, ridiculizar, motes o apodos, culpabilizar, discriminar e
indiferencia). Además, en los primeros años de vida se puede presentar la
negligencia o el descuido de la salud del infante, debido a la incapacidad para
satisfacer sus necesidades. En la adolescencia son más comunes otras formas de
violencia como el ataque a las
preferencias personales, los gustos musicales, la vestimenta o apariencia física, los ideales, la sexualidad, entre otros (Acevedo, 2010;
Acevedo et al., 2018).
Así, pueden
clasificarse las
prácticas de crianza violenta en violencia física (v. g., cachetadas,
coscorrones, pellizcos, nalgadas, patadas, jalones de pelo), violencia física severa (v. g., golpes en la
cabeza o con algún objeto), violencia verbal (v. g., insultos, gritos), violencia psicológica (v. g., comparaciones, apodos y burlas) y negligencia, que generalmente se presenta en edades donde necesitan de los
padres y madres para satisfacer sus necesidades (v. g., comida, higiene; Acevedo et al., 2018). Dado que no se ha
diseñado un instrumento que permita
identificar estas
formas independientes de violencia, con este objetivo se desarrolló uno para el
presente estudio.
El castigo
corporal implica riesgos para la salud física, pero también para la mental. Por ejemplo, los resultados de
Huerta et al. (2023) muestran
que la crianza violenta
genera en las infancias aislamiento, depresión y sentimientos de tristeza. En
el mismo sentido, los resultados de Gershoff (2010) señalan que la crianza
violenta aumenta el estrés, provoca ansiedad en las interacciones sociales,
depresión, una mala relación con los padres o madres, así como conductas
antisociales y agresivas en la adultez (Gershoff, 2010).
Aprendizaje social y maltrato
Los estudios clásicos de Bandura han mostrado que infancias
expuestas a un modelo agresivo reprodujeron gran parte de las conductas físicas y verbalmente
agresivas, lo que se observó en quienes estuvieron expuestos a ejemplos no agresivos o sin ejemplo
(Bandura et al., 1961). Posteriormente, mediante un experimento de observación de
modelamiento con conductas agresivas, en el cual el primero recibía una
recompensa, el segundo un castigo y el tercero no recibía una consecuencia,
Bandura (1965) encontró que los niños reprodujeron más a quienes tuvieron un
reforzamiento positivo, pero no así las niñas. Aunque la mayoría de los
niños y niñas expuestos a los modelos agresivos no reproducen todas las
conductas observadas (incluso con un reforzamiento positivo), sí replican más las
conductas violentas observadas en comparación con los grupos que no las observaron (Bandura, 1965).
Estos procesos
son relevantes para el maltrato infantil debido a que, si se vivió una crianza violenta, esta podría reproducirse a
la siguiente generación. A continuación, se revisan antecedentes teóricos de
factores que podrían
contribuir a interrumpir esta cadena de conductas violentas (Moreno, 2007).
Factores interruptores de crianza violenta
Diferentes estudios previos han permitido identificar algunos factores
que podrían ayudar a prevenir esta transmisión de la crianza
violenta de una generación a otra. Por ejemplo, los resultados de Moreno (2006)
muestran una mayor incidencia en el maltrato infantil en familias
monoparentales, especialmente en aquellas que tienen un mayor número de hijos. En cuanto a familias con solo
una madre de familia, se ha identificado que el control de conductas se ejerce principalmente mediante
castigos físicos y amenazas, aunque también mediante la resolución a través del diálogo. Respecto
al otorgamiento de permisos, se utiliza principalmente un estilo autoritario,
pues existe poca comunicación (Espinoza-Varas, 2022). También, se reconoce que el estilo
autoritario y permisivo se relaciona con niveles más altos de agresividad en
adolescentes provenientes de familias monoparentales (Sarmiento, 2019). Estos
resultados llevan a esperar que el uso de la crianza violenta sea menos frecuente en familias
biparentales.
Otro factor que podría disminuir el ejercicio de la crianza violenta es la
satisfacción con la relación de pareja. Esta es definida por Moreno
(2007) como la percepción de felicidad, trabajo en equipo, bienestar y
estabilidad de la relación, quien encontró que una mayor satisfacción marital se asocia a una menor
probabilidad del castigo de los hijos e hijas. En el mismo sentido, Morris et al. (2013) mencionan que el ajuste
marital, conformado en parte por la satisfacción de pareja, debe investigarse
como un predictor para la calidad en la crianza de hijos e hijas. Por ejemplo,
los resultados de Moreno (2006) mostraron una relación negativa entre el
castigo infantil ejercido y la calidad de la relación conyugal. El estudio de
Greenlee et al. (2021), con familias con hijos e hijas diagnosticados dentro del
espectro autista, también concluyó que una baja satisfacción de la pareja se asocia —tanto en madres
como en padres— con un mayor uso de estilos autoritarios, implicando
consecuencias conductuales y emocionales negativas para sus hijos e hijas. Así,
es de esperar que la satisfacción en la relación de pareja tenga una relación
negativa con el maltrato infantil ejercido.
Otro factor que se espera como protector es el haber recibido ayuda
terapéutica, como lo muestran los resultados de Echeburúa et al. (2009a). En su estudio, evaluaron un programa de tratamiento
cognitivo conductual con 196 hombres que buscaron
ayuda terapéutica debido a la violencia que ejercían contra sus parejas, y que a menudo se extendía hacia los hijos. Encontraron que, en el 88 % de los casos que concluyeron el tratamiento, se logró eliminar nuevos episodios
de maltrato. Dados estos resultados, esperaríamos un menor uso de prácticas de
crianza violentas en las personas que reporten
haber recibido apoyo psicológico.
La autoestima
se ha definido como la
experiencia individual, íntima o personal de la propia estimación de valía
(Cogollo et al., 2015), así
como la suma de las creencias y el conocimiento de los atributos y cualidades
individuales (Gaxiola & Frías, 2008). Se ha determinada que se asocia negativamente con el uso de conductas violentas en la
crianza. Por ejemplo, Ochoa et al. (2019)
encontraron que el 51.9% de
los padres que califican su autoestima como «mala», son maltratadores con sus hijos. Al
respecto, Echeburúa et al. (2009b) refieren que la violencia
se puede explicar como una forma de intentar conseguir una estima que no pudo obtenerse por otros medios. En el caso de la violencia
doméstica, el agresor intentaría aumentar su autoestima por compensación y
dirigiría sus comportamientos violentos hacia las personas más cercanas y
vulnerables. Por estas razones, se esperaría que la autoestima tenga una relación negativa con el ejercicio de
la crianza violenta.
Considerando
los antecedentes, el presente proyecto se guía por la siguiente pregunta: ¿de qué manera afectan la crianza violenta vivida, la estructura
familiar (monoparental o biparental), la satisfacción con la pareja, haber
recibido ayuda terapéutica y la autoestima al ejercicio de la crianza violenta?
Se propone como hipótesis que el haber
vivido una crianza menos violenta, conformar una familia biparental, tener
mayor satisfacción en la relación de pareja, haber recibido apoyo psicológico y
reportar mayor autoestima reduce las probabilidades de ejercer una crianza
violenta hacia sus hijos e hijas.
Método
El diseño de
este estudio es cuantitativo, transversal, correlacional, de alcance
explicativo, mediante un muestreo no probabilístico por conveniencia.
Participantes
Participaron 210 personas con hijos o hijas de 2 a 17 años. De
ellos, el 39.5% tiene dos hijos o hijas, el 29.5% tiene solo uno, el 23.3% tiene
tres, y el 5.2%, 1.9% y 0.5% tienen cuatro, cinco y seis hijos e hijas
respectivamente. 180 personas fueron mujeres y 32 hombres, con una edad mínima
de 16 años y máxima de 59. La mayoría (161 personas) forman parte de una
familia biparental y son residentes de Guanajuato (94.8%), el Estado de México
(2.9%), CDMX (1%), Michoacán (1%) y Jalisco (0.5%).
Instrumentos
Se preguntó la edad, sexo, estado civil, ciudad, estado de
residencia, si actualmente se encontraban en una relación de pareja, el tipo de
familia en la que se encontraban, la cantidad de hijos o hijas, así como su sexo
y edad. Se cuestionó también si a lo largo de su vida habían realizado un
proceso terapéutico y si la crianza propia o de los hijos había sido un tema
principal de la misma. Los resultados de índices de validez y confiabilidad fueron
extraídos de la misma muestra con la que se realizaron los análisis de resultados.
Así mismo, se emplearon los siguientes instrumentos:
Escala de Evaluación de Relación en Pareja (Oropeza et al., 2010): es un instrumento de cinco ítems (v. g., «¿Qué tanto tu relación
de pareja ha llenado tus expectativas?»), unifactorial, con una escala de
respuestas de tipo Likert de cinco opciones (totalmente en desacuerdo = 1 a
totalmente de acuerdo = 5). El análisis de confiabilidad resultó con
un omega de McDonald de .95 y una varianza explicada de 83.69 %.
Escala de
autoestima de Rosenberg (1965): instrumento
traducido al español por Jurado et al. (2015), compuesto por 10 reactivos con formato de respuesta tipo
Likert con cinco opciones (extremadamente de acuerdo hasta extremadamente en
desacuerdo). Cinco reactivos están redactados de manera positiva (v. g., «Estoy convencido de que tengo cualidades buenas») y conforman el factor autoconfianza con una
varianza explicada de 35% y omega de McDonald de .88, y cinco de manera
negativa formando el factor autodesprecio con varianza explicada de 30.31% con
índice de confiabilidad de .81 (v. g., «Hay veces que realmente pienso que soy un/a inútil»).
Escala de
crianza violenta hacia los
hijos e hijas: instrumento
diseñado para esta investigación que cuenta con de 18 reactivos que describen la
frecuencia con la que vivieron experiencias de crianza violenta. Tiene un formato de
respuesta tipo Likert con 5 opciones (1 = nunca hasta 5 = varias veces al día).
Se miden 4 factores: violencia verbal (v. g., «Le he insultado/gritado cuando no me obedece»), con 5 reactivos y
una varianza explicada de 19.88 % con un índice de confiabilidad omega de McDonald de .88; violencia física severa (v. g., «Darle golpes
con algún objeto/en la cabeza cuando me contesta») con 4 reactivos que explicaban el 19.23 % de la varianza y una confiabilidad de .94; coerción disciplinaria con 5 reactivos que explican el 16.93 % (v. g., «Amenazarle cuando les falta el respeto a otras personas») y un
omega de McDonald de .85; y violencia psicológica, con 4 reactivos que explican el 14.40 % de la varianza (v. g., «Me he burlado de la ropa que le gusta») con índice de confiabilidad de .75.
Escala de
crianza violenta sufrida: instrumento diseñado para esta investigación, se conforma por un
total de 16 reactivos que valoran la frecuencia del ejercicio de la crianza violenta que sufrieron durante
la infancia y adolescencia. Estos reactivos se presentaron en un formato de
respuesta tipo Likert con 5 opciones de respuesta (1 = nunca hasta 5 = varias
veces al día). Cuenta con 3 factores: el primero se denominó coerción
disciplinaria (v. g., «Me insultó/gritó cuando le hacía enojar») y se compone de 9
reactivos que explican el 57.87 % de la varianza y presenta un índice de confiabilidad de .96. El
segundo corresponde a la violencia física severa que contiene cuatro
reactivos (v. g., «Darme golpes con
algún objeto/en la cabeza cuando le contestaba») que explican el 12.64
% con un omega de McDonald de .96. Finalmente, el factor violencia
psicológica (v. g., «Se burlaba de la música que me gustaba») se
integró de tres reactivos que integran el 9.26 % de la varianza con una confiabilidad de .82.
Validación de
la crianza violenta: es un instrumento diseñado para esta investigación, unifactorial
con 9 reactivos donde se justifica el uso de la violencia para la crianza (v. g., «A veces un golpe vale más que mil regaños») y
presenta un índice de confiabilidad de .91. Tiene un formato de respuesta Likert de 5
opciones (1 = completamente en desacuerdo, hasta 5 = completamente de acuerdo).
La escala presenta una varianza explicada de 59.17 %.
Procedimiento
Los datos se recolectaron mediante un formulario creado en Google
Forms, el cual fue compartido en redes sociales (Facebook, Messenger e
Instagram), pidiendo además que se compartiera con la población que cumpliera los
criterios de inclusión: personas que tuvieran hijos o hijas y que cohabitaran con
ellos o ellas (entre los 2 y los 17 años). Antes de comenzar, un formato de
consentimiento informado enfatizaba que su participación era voluntaria, anónima y confidencial, y los datos
proporcionados en la misma solo serían utilizados para el objetivo de la
investigación. Se explicaba, junto con el enla ce a la encuesta
electrónica del cuadernillo de instrumentos, el motivo de la petición de
participaciones, la población necesaria para la investigación y la solicitud de
contestar y compartir. Quienes
aceptaban participar marcaban su decisión seleccionando una opción en el
cuestionario virtual.
Análisis de datos
Considerando que los instrumentos fueron diseñados para este estudio o aplicados
por primera vez en la muestra analizada, se verificaron sus
propiedades psicométricas antes de realizar los análisis de prueba de hipótesis
mediante análisis factoriales exploratorios y pruebas de confiabilidad por factor
mediante la fórmula omega de McDonald. Atendiendo a los puntajes bajos de las
variables de violencia ejercida y recibida, estas variables fueron recodificadas a indicadores
de ausencia (0) o presencia (> 0 = 1). Los efectos de las variables
independientes sobre las dependientes se realizaron mediante análisis de
regresión logística binomial utilizando el método por pasos, preservando los
modelos donde todas las variables independientes obtuvieran valores de p <
.05 en la prueba de Wald. Los análisis factoriales exploratorios se realizaron
en el programa SPSS (v. 25, IBM), mientras que los de fiabilidad y los de
regresión logística se realizaron en el programa Jasp (v. 19).
Resultados
Como se observa
en la tabla 1, los factores de violencia sufrida, ejercida y validación de la
crianza violenta presentan puntajes muy cercanos al cero y uno. Un análisis de
las frecuencias de las variables de violencia ejercida hacia los hijos e hijas
permite observar que entre el 53%
y el 98% de los casos se ubican con promedios inferiores a uno. Del mismo modo,
las variables de violencia sufrida durante la infancia presentan promedios
inferiores a uno entre el 55% y el 89% de los datos.
Estas
distribuciones, además de no cumplir con los criterios de normalidad, implican que la mayoría de las respuestas re&ejan la presencia o ausencia, más que incrementos ordinales de cada variable. Por ello, se
transformaron en variables dicotómicas que re&ejen la
ausencia (0) o presencia (> 0 = 1) de cada tipo de violencia ejercida o
recibida. Con las variables dependientes recodificadas, se procedió a realizar regresiones logísticas binarias con
el método por pasos para predecir los diferentes tipos de violencia ejercida,
teniendo como factores independientes los de violencia sufrida durante la
crianza, el haber asistido (1) o no (0) a terapia y el pertenecer (1) o no (0)
a una familia monoparental, y como covariables los puntajes de los dos factores
de autoestima, la validación de la crianza violenta y la evaluación de la
relación de pareja. Para las covariables se verificó el supuesto de linealidad
mediante la prueba de Box-Tidwell, observándose que ninguna de estas viola el
supuesto de linealidad con el logaritmo de las respectivas variables
dependientes.
Tabla 1 Estadísticos descriptivos y psicométricos de las escalas de
violencia ejercida, recibida, autoestima, validación de la crianza violenta y
evaluación de la relación de pareja

Como se observa
en la tabla 2, la violencia psicológica ejercida durante la crianza se explica
solo en un 11% de la varianza, teniendo como predictoras el haber sufrido durante
la crianza violencia psicológica y coerción disciplinaria. Este modelo permite
una clasificación correcta
del 79.38% de los casos que no ejercen violencia
y el 44.30% de los casos que sí la
ejercen, con una clasificación correcta
en general del 66.19% de los casos.
Para la
coerción disciplinaria ejercida durante la crianza se alcanza una explicación
del 24% de la varianza, derivada de la validación de la crianza violenta, haber
sufrido co-erción disciplinaria durante la crianza y la pertenencia a una
familia monoparental. Este modelo permite una clasificación correcta del 91.09% de los casos de coerción ejercida
durante la crianza y del 35.93% de los casos de coerción no ejercida, con una
clasificación correcta
en general del 74.28%.
Tabla 2 Resultados de análisis de regresión logística
de las variables independientes sobre la presencia o ausencia de las diferentes
formas de violencia ejercidas hacia hijos e hijas durante la crianza

Para la
violencia física severa
ejercida durante la crianza se explica el 24 % de la varianza, derivada de la
validación de la crianza violenta y de haber sufrido violencia física severa durante la crianza. Este modelo permite una clasificación correcta del 99.50% de los casos que no ejercen este tipo de violencia, pero solo el 11.11% de quienes sí la ejercen, con una clasificación correcta en general del 95.71%.
Para la
violencia verbal ejercida durante la crianza se alcanza el 20% de la varianza
con un modelo que incluye solo
el haber sufrido coerción disciplinaria. Este modelo logra clasificar correctamente al 97.82% de quienes ejercen la violencia verbal en la crianza, pero solo al
19.23% de quienes no la
ejercen, con una clasificación correcta
en general del 88.09%.
Discusión
Como se
esperaba, la violencia verbal, física severa,
psicológica y la coerción disciplinaria se reproducen con mayor probabilidad
por quienes vivieron estas
diferentes formas de violencia durante la crianza. Se rechazan las hipótesis que señalaban que existe una
relación negativa entre la satisfacción de la relación de pareja y la
reproducción de la crianza violenta, y una relación positiva entre la ayuda
terapéutica, la autoestima y el uso de la crianza violenta. Se confirma también que las familias
monoparentales son más propensas a ejercer coerción en la crianza. Debe
señalarse que esta mayor
tendencia en las familias monoparentales puede deberse a la falta de apoyo de
una pareja, implicando que las tareas
de crianza recaen solo en una persona y su posible red de apoyo, la cual
normalmente será más reducida que la red de
apoyo de ambos progenitores. De acuerdo con Oliva et al. (2014), la familia monoparental no debe de considerarse como
factor de riesgo en la crianza, aunque sí puede
afectar de manera económica y en el nivel de apoyo para el cumplimiento de las
necesidades de la familia. Finalmente, se observó que la validación de la crianza violenta aumenta las conductas de
coerción disciplinaria y violencia física severa.
De esta manera,
los actos de crianza violentos vividos durante la infancia se reproducen hacia
la siguiente generación, por encima de variables como el haber recibido apoyo
psicológico o contar con alta autoestima. La violencia en la crianza es más
probable en quienes
sufrieron una crianza violenta. Además, debe notarse que cada forma de violencia sufrida predice el ejercicio de ese
mismo tipo de violencia específica hacia hijos
e hijas. Esto es congruente con los resultados de Gómez y de Paul (2003), quienes identificaron que el recordar el maltrato físico vivido en la infancia aumenta el riesgo de maltratar a los
hijos en el futuro, mientras que el no
recordarlo lo disminuye. De la misma manera, los resultados de Temple et al. (2018), muestran que los castigos
y abusos físicos en la
infancia se asocian con ejercer violencia física en el futuro. Respecto a la coerción disciplinaria ejercida
y violencia física severa
ejercida (que se explican
parcialmente por una validación de la crianza violenta), lo observado es
congruente con los resultados de Sege et al. (2018), quienes
mencionan que las normas
sociales son un factor predictor importante para una actitud positiva hacia el
castigo físico.
Por su parte,
no se observaron diferencias estadísticamente significativas debidas al sexo de los padres, lo cual concuerda con los
resultados de Temple et al. (2018).
Debe señalarse que los niveles reportados de violencia ejercida y aceptación de la
violencia pueden parecer bajos en comparación con datos nacionales (Álvarez
& Castillo, 2019; Instituto Nacional de Salud Pública & Unicef México,
2016) e internacionales (Finkelhor et
al., 2019). Esto puede deberse a una tendencia a responder de manera
social-mente aceptable, asumiendo que la violencia
hacia los hijos es mal vista, además de que estudios previos (como la Encuesta Nacional de niños, niñas y
mujeres de México) estiman porcentajes de las respuestas de niños, niñas y
adolescentes (Instituto Nacional de Salud Pública & Unicef México, 2016),
mientras que aquí se encuestó a padres y madres. Además, la encuesta fue
distribuida por redes sociales, lo que limitó la
muestra a quienes las usan
activamente. Otra limitación está en que, al
preguntarles a personas adultas sobre eventos de su infancia, se depende de su
memoria y de qué tanto quieren reconocer tanto de su infancia como de sus conductas y
pensamientos actuales. A diferencia del estudio de Echeburúa et al. (2009a), en el cual se mostraron efectos positivos de un
tratamiento cognitivo conductual conformado por 20 sesiones y se analizaron los
efectos de la intervención mediante un diseño pre-post, en el presente estudio
se analizaron datos de manera transversal sobre los posibles efectos de haber
asistido a alguna intervención psicológica. Esta limitación del presente
estudio puede superarse en estudios posteriores dando seguimiento longitudinal
a personas que asisten a
procesos terapéuticos con la intención de mejorar sus relaciones familiares.
Cuervo (2010)
menciona que existen
diversos factores biopsicosociales que se
relacionan con la salud mental de los padres que afectan los estilos de crianza y, a su vez, la relación con sus
hijos, generando relaciones interpersonales agresivas, problemáticas en la
familia, deprivación afectiva, depresión, sobreprotección, autoestima, estrés,
entre otras. Un desarrollo óptimo de la infancia requiere de un compromiso por parte de los cuidadores que, entre otras cosas, permita el modelaje de conductas
aceptables. Este desarrollo se puede lograr a través de la utilización de
estrategias efectivas de crianza apropiadas a la edad y desarrollo del niño o
niña, gracias a enseñarles a regular sus propias conductas, mantenerles fuera
de peligro, desarrollar habilidades cognitivas, socioemocionales y ejecutivas,
así como reforzar patrones comportamentales positivos (Sege et al., 2018).
Respecto al
modelaje social, se sabe que puede ser
muy dañino cuando el niño admira y percibe a un agresor como una persona con un
alto estatus. Dado que los padres
cumplen este rol de modelo, pueden promover el uso de la fuerza física y el castigo corporal como una forma aceptable de resolver
los con&ictos. Además,
observar violencia de pareja en los padres puede reforzar las conductas de
castigos corporales con niños y violencia severa de padres a hijos (Temple et al., 2018).
Los padres
podrían utilizar menos la violencia —o no utilizarla— si tuvieran el
conocimiento de otros métodos disciplinarios efectivos. Por eso es importante
fomentar el uso de reforzadores positivos para enseñar un comportamiento
aceptable; por ejemplo, el decir «Me gusta cuando tú…» en lugar de utilizar
violencia física o verbal,
centrándose en reforzar una conducta deseada. La crianza positiva se basa en el
establecimiento de límites, reforzamiento de la conducta prosocial,
reforzamiento de alternativas a conductas de respuesta no violentas,
desaprobación leve, castigo y extinción de la conducta agresiva y comunicación
asertiva (Mendoza et al., 2014).
Narváez et al. (2019)
mostraron que recibir
caricias afectivas durante la infancia se asocia de manera positiva con la
empatía y el compromiso social, mientras que su falta se asocia con un mal desarrollo social, sensorial y
psicológico. Se encontró que una actitud
positiva de la madre hacía el contacto (abrazos) se asocia de manera positiva
con una preocupación del niño o niña después de hacer algo incorrecto y de
manera negativa con un comportamiento antisocial, al contrario de lo que sucedía con madres que tenían una
actitud positiva hacia el castigo corporal. Además, se concluyó que un contacto positivo con el niño o la niña tiene un mayor
impacto en la regulación de la conducta en corto y mediano plazo, mientras que, en la adultez se asocia con un mayor bienestar, mejor salud
mental, un estilo de apego seguro y mejor orientación moral (Narváez et al., 2019).
En este
sentido, la Ley general de los
derechos de niñas, niños y adolescentes (Congreso General de los
Estados Unidos Mexicanos, 2024) en materia de crianza positiva decreta la
obligación de quienes ejerzan
la patria protestad, tutela, custodia o tengan bajo su cuidado y atención a
niños, niñas y adolescentes de utilizar prácticas de crianza positiva y
proporcionar, dentro de sus posibilidades, las condiciones de vida suficientes para su sano desarrollo. Además, las instituciones que ofrecen servicios a esta población deben de estar capacitados
con formación enfocada en derechos de la niñez. Además, la reforma en México a
la Ley General de los
Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes (Congreso General de los
Estados Unidos Mexicanos, 2021) establece la ilegalidad del maltrato físico y humillación dirigida a niños, niñas y adolescentes,
señalando una clara desaprobación de la crianza violenta. Sin embargo, las
reformas a las leyes requieren de
difusión e intervenciones a fin de que sean asimiladas y respetadas por la sociedad; un ejercicio
importante que nos
permitirá garantizar los derechos de los niños, niñas y adolescentes.
Para futuras
investigaciones, estos resultados pueden guiar una intervención basada al
cuestionamiento de los estilos de crianza, comparando las consecuencias
positivas o negativas que se obtienen
a largo plazo en la utilización de distintos estilos de crianza.
Para poner a
prueba las hipótesis propuestas en esta investigación fue necesaria la creación
de dos instrumentos de medición que permitieran
recabar datos sobre la violencia que recibieron y
que reproducen los padres
de familia, además de una escala sobre las creencias del uso de la violencia
con fines de crianza. Dichos
instrumentos presentaron índices de confiabilidad adecuados y congruencia teórica en sus estructuras que re &ejan una adecuada
validez de constructo, por lo que se consideran un
aporte adicional para futuras investigaciones.
Agradecimientos
Deseamos agradecer al Dr. Fredi Correa y al Dr. Luis García y
Barragán por su apoyo como revisores de esta investigación, y a las personas que dedicaron su tiempo para responder a la encuesta. Para realizar
esta investigación no se contó con financiamiento
de ninguna institución.
*El artículo es una síntesis de la investigación «Crianza violenta y su reproducción intergeneracional», realizada por los autores entre enero de 2021 y abril de 2022. Para su realización no se contó con financiamiento externo ni privado ni público. Los datos están disponibles mediante solicitud al correo del autor corresponsal. Área: psicología. Subárea: psicología.
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Para
citar este artículo: Meza-Galván, D. A., & Cruz-Torres, C.
E. (2025). Crianza violenta sufrida y su reproducción hacia hijos e hijas. Revista Latinoamericana de Ciencias
Sociales, Niñez y Juventud, 23(2),
1-18. https://doi.org/10.11600/rlcsnj.23.2.6538